
El hermano Aarón Joaquín González llegó a la ciudad de Guadalajara, Jalisco, el domingo 12 de diciembre del año 1926. El martes 6 de abril de ese año, había escuchado el llamado de Dios en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, con palabras que anunciaban el futuro floreciente de la Iglesia LA LUZ DEL MUNDO. Esa voz le decía: “Tu nombre será Aarón, lo haré notorio por todo el mundo y será bendición”.
Fue en las proximidades de la capital de Jalisco, su estado natal, donde escuchó nuevamente la voz de Dios, diciéndole: “Quiero que prediques el evangelio en esta ciudad, pues tengo un grande pueblo que me servirá y será ejemplo para muchas naciones que me conocerán, y ésta será la prueba de que yo te he enviado: Yo estaré contigo”.
Repasó la orden una y otra vez, como si quisiera encontrar el sabor del mandato, palabra por palabra. Se levantó y caminó lentamente, vio hacia el horizonte, estaba Guadalajara, tendida al fondo como un mapa, sumida en toda celeridad y frialdad de una ciudad de la época, su indiferencia, su profundo paganismo, sus desvíos, sus vicios, pero también su gente, la que Dios había dicho “me conocerán”, representaba su futuro, el porvenir, su vida. Y experimentó tal serenidad de alma, tal alegría de espíritu, que el recuerdo del sueño le apuraba a iniciar cuanto antes su destino. ¡Que placer obedecer!
Fortalecido por esas palabras divinas, el hermano Aarón entró el 12 de diciembre a la ciudad de Guadalajara, cuna del fanatismo y de la idolatría, males que habría de combatir con el poder de la verdad que traía consigo; esa verdad que, como dijo Cristo el Señor, hace libres a las almas. Y postrados dieron gracias a Dios de su llegada.
"El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció."
Mateo 4:16